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De Villavicencio al cielo: el joven oficial que convirtió un sueño familiar en alas propias

Hay sueños que comienzan sin ruido, casi en silencio. Un uniforme al final del día, el rugido de una aeronave despegando y la mirada atenta de un niño en Villavicencio. Así nació la vocación del alférez Santiago Peña, integrante del curso No. 99 de Oficiales de la Fuerza Aeroespacial Colombiana, hoy en formación como piloto militar de ala fija en la Escuela de Vuelo del T-27 Tucano, en el Comando Aéreo de Combate No. 2.

Su historia está profundamente ligada al Meta y a una herencia familiar marcada por la aviación militar. Su padre hizo parte de la Fuerza Aeroespacial Colombiana en esta misma base, reconocida como “orgullo de los llaneros”, donde trabajó durante años en mantenimiento aeronáutico, especialmente con aeronaves emblemáticas como el OV-10 Bronco y el T-27 Tucano. Fue inspector y controlador de mantenimiento, pero, sobre todo, sembró en su hijo una pasión que con el tiempo se transformó en propósito de vida.

“Verlo llegar orgulloso, escuchar sus historias y observar cómo se vivía la Fuerza desde adentro fue lo que me motivó desde niño a estar aquí”, recuerda el joven alférez.

El camino no fue individual. Su hermano mayor, piloto de helicóptero del curso No. 90, también marcó su formación. Aunque reconoce que el vuelo de ala fija y el de ala rotatoria tienen misiones distintas, asegura que la esencia es la misma: disciplina, sacrificio y constancia. “Siempre fue mi ejemplo. Muchos de los logros que he alcanzado se los debo a sus consejos y a su experiencia”, afirma.

Hoy, el destino le permitió cumplir un anhelo cargado de simbolismo: volar el mismo T-27 Tucano al que su padre dedicó gran parte de su vida profesional. Para Santiago Peña, ese momento trasciende lo técnico. “No es solo un logro personal. Es una conexión emocional con mi historia, con mi hogar. Mi papá siempre vio estas aeronaves como parte de su vida, y que hoy yo las vuele es un orgullo inmenso para ambos”.

Desde el aire, la experiencia cobra aún más sentido. Al mirar hacia abajo reconoce los barrios, las calles y los paisajes donde creció. “Veo Villavicencio desde otra perspectiva. Ahora entiendo que cada exigencia, cada trasnocho y cada reto valieron la pena”, asegura.

Para el alférez, la certeza es diaria. “Cada mañana que me pongo el uniforme digo: valió la pena. Cuando estoy volando, siento gratitud por todo lo que tuve que superar para llegar aquí”.

Su mensaje final es directo para quienes sueñan con servir a Colombia desde el aire: no renunciar. “Nunca le digan que no a un sueño. Luchen cueste lo que cueste, porque el día del deber cumplido llega”.

Historias como la de Santiago Peña recuerdan que el poder aéreo no solo se construye con tecnología, sino con personas que heredan el orgullo de servir, la constancia de persistir y la decisión de volar por la seguridad y defensa del país.

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