Una de las preguntas más recurrentes ante una denuncia de acoso sexual en el trabajo es: "¿Y por qué habla hasta ahora?". Otros, desde el prejuicio, opinan que las mujeres solo buscamos protagonismo.
Hoy, Julieth Gualtero —mujer y periodista— decide alzar la voz. Lo hago, primero, por mí; pero también por todas nosotras que hemos sobrevivido a esta violencia de género. El acoso no es exclusivo de los grandes medios, pero la valentía de quienes hoy rompen el silencio nos otorga, finalmente, el empoderamiento necesario para hablar de procesos que duelen.
Es imperativo sentar un precedente. Esto tiene que detenerse, no solo en Colombia, sino en cualquier lugar donde una mujer sufra abusos amparados por la jerarquía. El poder que otorgan los altos mandos o el reconocimiento nacional debe usarse para el bien común, no para satisfacer deseos sexuales de quienes creen que el cargo les otorga el derecho a ser venerados.
Hoy hablo tras una década de silencio. Mi victimario no fue una estrella de la televisión, sino un jefe de prensa de una entidad gubernamental. En repetidas ocasiones, me advirtió que tenía el poder de acabar con mi carrera si me negaba a sostener una relación sentimental con él.
En ese entonces tenía 24 años y estaba construyendo una carrera en un país culturalmente machista, donde nuestra profesión es poco respetada incluso por nosotros mismos. Nos han hecho creer que debemos "regalar" el trabajo para darnos a conocer, un filtro perverso que muchos aceptan como normal. Dignificar nuestra labor es una discusión para la que muchos aún no están preparados.
Pero si hablamos de violencia, hay que señalar la primera que enfrentamos: la violencia económica. Esa que te obliga a trabajar sin remuneración bajo la premisa de: “Mamita, así toca; aprenda a ser como la cucaracha: entre más la quieran sacar, usted más se tiene que meter”.
Mi primer contacto con este sistema ocurrió a los 17 años, cuando apenas cursaba cuarto semestre de periodismo. Cubriendo un evento en la Cámara de Comercio de Villavicencio, conocí a un periodista reconocido quien, aprovechando mi ilusión, me ofreció contactos para ser jefe de prensa.
Le habló a una niña llena de ilusiones que respondió: "¿Qué hay que hacer? Pero soy menor de edad, ¿sí podría? Señor, ¿quiere mi hoja de vida?". Y me dijo: "Sí, dame tu número y lo arreglamos. ¿Te gusta ir a cine? Hay una película que me gustaría ver contigo". Estaba de estreno American Pie, nunca lo olvidaré.
Le dije que no podía salir de noche. Me dijo que tenía que empezar a hacerlo porque, si quería llegar a esos cargos, debía empezar a trabajar por ellos.
Nunca lo había visto, ni él a mí, pero quería “ayudarme”. Así que me invitó a sentarme en la primera fila, no sin antes dejar atrás a mi camarógrafo. Ya estando ahí, puso su mano en mi pierna y me preguntó de qué color me gustaba la lencería; que si yo quería, él me llevaba una negra o una roja, que eran sus colores favoritos, y así podríamos hablar del cargo.
Fue de los momentos más incómodos de mi vida. Era una niña que no sabía cómo procesar esto que estaba pasando. Cuando se lo conté a mi decana, la respuesta fue la normalización absoluta: "Él es así, hasta yo tengo un apodo".
El tema del acoso está tan naturalizado que, hasta para algunas de nosotras, estos temas dan risa; y hasta se atreven a decir, que una se insinuó o seguro ni es verdad, pero sinceramente quiero creer que es el miedo y la educación que todas hemos tenido. ¿Cómo es posible que cuando una dice "quiero hablar y contar mi historia", la pregunta sea "¿pero eso le conviene?" o "¿en qué la beneficia?". No culpo a ninguna; es que se nos enseñó a callar y a ser sumisas. Se nos enseñó a tener miedo y a obedecer.
A mis 17 años mi mamá me salvó, pues este personaje me llamaba todos los días y, cuando yo ya no pude más, se lo pasaba a ella; así dejó este señor de buscarme.
Pero a los 24 nadie me pudo salvar, ni yo misma pude. Me enfrenté al poder, a la manipulación, al abuso y al "si habla nadie le va a creer, usted apenas viene empezando y yo soy el jefe". Hablo teniendo pruebas en mi mano de un hombre que me mandaba mensajes a mi WhatsApp preguntandome si me fijaría en un jefe como él. Una persona que solo me llamaba por mi nombre públicamente porque por chat me decía "mi reina", "mi princesa" y me pedía la oportunidad para ser mi novio.
Mi jefe de prensa me obligó a quedarme en Bogotá tras una gira de medios bajo engaños. Lo que para mí era trabajo, para él era un "plan romántico" para conquistarme con lujos.
En el hotel, pretendió que compartiéramos habitación como un matrimonio. Alcé mi voz en la recepción y su respuesta fue: "No hagas show, mi amor; no pasará nada que no quieras, la cama es grande". Tras mi negativa desesperada, logré una habitación separada, solo para descubrir que él tenía la llave de mi cuarto.
El miedo que paralizó mi cuerpo no lo puede explicar. Esa noche no dormí en la cama; bloqueé la puerta con una mesa, el televisor y un jarrón de flores para que cualquier intento de entrada me alertara. Pasé la noche encerrada en el baño, envuelta en una cobija. (La historia completa en mi blog).
¿Cómo terminó esto para mí? Sin trabajo, porque no accedí a tener una relación con él ni a acostarme con él para firmar un nuevo contrato. Terminó en amenazas de "no puede hablar de esto" y de "si habla, el alcalde es mi mejor amigo y entre bomberos no nos pisamos la manguera".
El costo también fue mental: estrés y años de terapia para perdonarme a mí misma por algo de lo que nunca fui culpable. Al leer a mis colegas, reconozco ese sentimiento común: el miedo a perder el trabajo de nuestros sueños y sentir que nuestra voz no vale nada ante los poderosos.
A las colegas de Caracol: yo les creo. Cuando un acusado se escuda en su "carácter cercano y familiar", solo repite un guión que ya conocemos. La "cercanía" no es una licencia para tocar o besar sin consentimiento.
No soy madre, pero soy mujer. No quiero que ninguna otra pase por esto. Es hora de crear un movimiento tan sólido que nos permita trabajar en entornos seguros. Espero que la justicia actúe y que este precedente nos invite, por fin, a gritar y nunca más a callar.

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