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Felipe Harman: de gamonal en ascenso a político en retirada

Columna de opinión | Por Carlos Hernández

La política suele ser generosa con quienes saben leer los tiempos, pero implacable con quienes terminan creyendo que el poder es permanente. Esa parece ser la historia que hoy comienza a escribir el exalcalde de Villavicencio y exdirector de la Agencia Nacional de Tierras (ANT), Juan Felipe Harman Ortiz.

Las decisiones políticas que durante años parecieron fortalecer su liderazgo empiezan ahora a convertirse en una pesada factura. Y la cronología reciente muestra que la mala hora del exmandatario no parece ser producto del azar.

Cuando Gustavo Petro llegó a la Presidencia, Harman sintió que había encontrado la oportunidad perfecta para proyectarse nacionalmente. Gracias a su cercanía con la entonces representante a la Cámara María José Pizarro, ingresó al círculo de confianza del nuevo gobierno y fue designado director de la Agencia Nacional de Tierras.

Desde esa posición comenzó a consolidar una estructura política que le permitió ampliar su influencia en el Meta, al punto de convertirse en uno de los principales barones electorales del progresismo en la región.

Sin embargo, el primer golpe llegó en septiembre de 2024.

Su intención de incidir en la elección del rector de la Universidad de los Llanos terminó frustrada cuando Charles Robin Arosa fue ratificado en el cargo, en un pulso político en el que el entonces gobernador Juan Guillermo Zuluaga Cardona terminó imponiendo su influencia.

La historia volvió a repetirse pocos meses después con la elección de la dirección de Cormacarena.

A pesar del respaldo del Gobierno nacional dentro del Consejo Directivo de la corporación, Harman tampoco logró imponer a su candidato. Jhorman Saldaña fue elegido director, mientras distintas acciones judiciales promovidas para controvertir ese proceso tampoco cambiaron el resultado.

Dos derrotas consecutivas empezaban a mostrar que el músculo político del entonces director de la ANT no era tan sólido como muchos suponían.

Lejos de bajar el ritmo, Harman decidió concentrar sus esfuerzos en las elecciones legislativas.

Para ello construyó alianzas que hasta hacía poco parecían impensables, entre ellas la del excandidato a la Gobernación Wilmar Barbosa Rozo, quien durante años se identificó con sectores de derecha.

El objetivo era claro: quedarse con una curul en la Cámara de Representantes mediante la candidatura de José Manuel Sandoval.

Pero la apuesta volvió a fracasar.

La candidatura terminó anulada por irregularidades en el procedimiento de inscripción, obligando al grupo político de Harman a respaldar finalmente a Carmen Mayusa, quien había obtenido el aval legítimo del Pacto Histórico.

Esa victoria, sin embargo, podría ser apenas transitoria.

Actualmente cursa una demanda de nulidad electoral que cuestiona la legalidad de esa postulación por una presunta vulneración de los resultados de la consulta interpartidista. Si la justicia llegara a darle la razón al demandante, el golpe político sería de enormes proporciones para el exdirector de la ANT.

Como si el panorama no fuera suficientemente complejo, las derrotas continuaron acumulándose.

La candidatura presidencial de Iván Cepeda Castro, respaldada por Harman, terminó sin éxito. A ello se sumó el fracaso de la revocatoria promovida contra el alcalde Alexander Baquero, iniciativa que distintos sectores políticos atribuyen al entorno del exalcalde.

No es extraño entonces que, entre corrillos políticos, algunos ya lo bauticen con ironía como "Refisal", en alusión a una racha en la que nada parece salir como estaba previsto.

La política tiene una particularidad: los triunfos suelen ser pasajeros, pero las derrotas dejan huellas profundas.

Y mientras el escenario nacional cambia con la llegada del nuevo gobierno, Harman parece enfrentarse al reto más complejo de su carrera: demostrar que su liderazgo sobrevivía al cargo que ocupaba y no dependía exclusivamente del poder que administraba.

Porque una cosa es perder una elección.

Otra muy distinta es comenzar a perder la capacidad de influir.

Y esa diferencia, en política, suele marcar el principio del ocaso.

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