Columna de opinión | Por Carlos Hernández
La candidatura del exdiputado zuluaguista José Manuel Sandoval terminó convertida en un espectáculo político de mala factura, más cercano al teatro de improvisación que a una propuesta seria para el Meta. Su salto a las toldas del harmanismo no sorprendió por audaz, sino por predecible: Sandoval decidió sumarse a la estructura que viene consolidando el exalcalde de Villavicencio, Juan Felipe Harman Ortiz, confirmando que en política algunos no cambian de ideas, sino de patrón.
Desde su anuncio, la aspiración de Sandoval ha estado marcada por contradicciones, medias verdades y un discurso diseñado para “pescar en río revuelto” entre un electorado cansado pero aún vulnerable a los relatos oportunistas.
No es un secreto para nadie que Sandoval ha cambiado de credenciales políticas con la misma facilidad con la que otros cambian de camisa. Fue, sin rubor, uno de los más férreos defensores del entonces gobernador Juan Guillermo Zuluaga, a quien exaltaba como un mandatario sin miedo para enfrentar la delincuencia. Hoy, ese pasado parece borrado de su memoria política.
Como buen politiquero de manual, Sandoval acomodó su discurso según la ocasión y el mejor postor. En su momento integró el curioso experimento de los llamados “tres chiflados”, junto a Arley Gómez y Harold Barreto, un laboratorio electoral que no buscaba ideas ni proyectos, sino patrocinadores, chequeras y estructuras. El resultado fue el esperado: un fracaso disfrazado de intento ciudadano.
En 2024 reapareció cobijado bajo las alas de Juan Felipe Harman, quien desde la Agencia Nacional de Tierras acumuló poder político y músculo burocrático. Desde esa trinchera, Sandoval, en calidad de “asesor”, recorrió el departamento preparando su aterrizaje a la candidatura a la Cámara de Representantes, la cual se concretó tras una serie de acuerdos que poco tuvieron de ideológicos y mucho de convenientes.
Es aquí donde empiezan las falacias más evidentes. Quien inició su vida política defendiendo banderas de derecha ejecutó, sin red y sin pudor, un triple salto mortal para caer parado en la alianza Harman–Barbosa, una sociedad política de la que hablaremos más adelante.
Y como diría don Hermes Pinzón, “el diablo es puerco”. La dupla Harman–Sandoval intentó colarse en la consulta del Pacto Histórico en el Meta. Temiendo un resultado adverso, dieron reversa y forzaron la renuncia de Sandoval. Pero cuando vieron que la consulta funcionó mejor de lo previsto, intentaron meterlo a las malas en la lista para las elecciones de marzo.
Las maniobras se estrellaron contra la realidad jurídica. Varias demandas, entre ellas la presentada por el apoderado de Martha Cecilia Garzón —quien en franca lid había ganado su lugar en la lista— frenaron la jugadita. El Consejo Nacional Electoral anuló la inscripción de Sandoval y dejó en evidencia la trampa.
Desde entonces, se activó la sala de crisis en la Agencia Nacional de Tierras. A través de bodegas, contratistas y voceros improvisados, se difundió el cuento de que Sandoval se inscribiría por el Partido MAIS, una colectividad que representa a las comunidades indígenas del país. Una mentira repetida hasta el cansancio, con la esperanza de mantener viva una candidatura ya extinguida.
Como niños tercos, salieron a vociferar en medios aliados que Sandoval estaría en el tarjetón. La realidad fue otra: el CNE ratificó que no podía inscribirse, pues los plazos electorales vencieron el 8 de diciembre. Punto.
El desespero llegó a tal nivel que desde el entorno de la ANT se atrevieron a señalar a la magistrada del CNE, Maritza Martínez Aristizábal, de orquestar un supuesto complot. Cuando se acaban los argumentos, aparecen las teorías de persecución.
En las últimas horas vimos un mitin improvisado, un puñado de seguidores y un grito de guerra tan dramático como vacío: “nos veremos en las urnas”. Paradójico, viniendo de alguien que ya tuvo que bajarse de la carrera a la Cámara y que ahora, con suerte, debería pensar primero en regresar al Concejo.
En política, mentir puede dar réditos temporales. Pero cuando la mentira se convierte en estrategia, el final suele ser el mismo: la caída libre.

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